Colegio “Divina Pastora”, León

Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor

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Identidad

FAMILIA FRANCISCANA DE Mª ANA MOGAS, AYER Y HOY

 

Nuestra IDENTIDAD se define en primer lugar como FAMILIA, la familia franciscana de Mª Ana Mogas.

Familia que nace en torno a la persona de Mª Ana Mogas, nuestra Fundadora, como Congregación Religiosa, las hermanas FRANCISCANAS MISIONERAS DE LA MADRE DEL DIVINO PASTOR, y que crece desde 1850 hasta hoy, extendiéndose por once países de tres continentes, Europa, América y África.

Actualmente está formada también por laicos, los pertenecientes a la ASOCIACIÓN MARIA ANA MOGAS y por muchos educadores y educadoras que en Misión Compartida con las hermanas, asumen el reto de la educación cristiana al estilo de Mª Ana Mogas, con la fuerza del mismo carisma recibido.

 

 

FAMILIA FRANCISCANA DE Mª ANA MOGAS, AYER Y HOY

 

Hablar de familia es algo entrañable para todos, porque nos conecta con lo más hondo, lo que nos identifica desde el comienzo de nuestra vida, lo que nos da “raíces”, esas raíces que nos permiten crecer y sostenernos. En este sentido es en el que la empleamos ahora nosotros, de forma que conocer nuestra identidad nos lleve a entendernos mejor, a crecer más superando las dificultades y afianzando lo esencial.
La palabra en sí evoca recuerdos, gestos de cariño, palabras de vida, sonrisas o lágrimas, gozo o sufrimiento. Pero nunca mera recopilación de datos, de hechos o de fechas. Este es el estilo que vamos a seguir.

La historia de nuestra familia se inicia con un nombre, el de una niña que nació, el 13 de enero de 1827 en un pueblo pequeño de Barcelona, Corró de Vall, (hoy perteneciente a Granollers) hija de Lorenzo y Magdalena, campesinos y hosteleros, gente sencilla y cristiana, que bautizaron a su tercera hija como María Ana Mogas Fontcuberta.

Un hecho sencillo y gozoso, el nacimiento de una niña, que fue el inicio de una larga historia de amor, servicio y compromiso con Dios y con los hermanos, que llega hasta hoy. Algo semejante a la vida de cada uno de nosotros y a nuestra historia.

Porque este es el estilo de Dios en sus grandes cosas, que se muestra también en la trayectoria de esta mujer. Huérfana desde los catorce años, tiene que dejar su pueblo y su casa, siendo acogida y educada por su madrina en Barcelona, en un ambiente culto y refinado. Allí sigue creciendo en la fe transmitida por sus padres, que se va arraigando, y desarrollando en su nueva parroquia Santa María del Mar, donde descubre desde muy joven, a los pobres y necesitados. Su corazón de educadora la lleva a sufrir en carne propia el abandono de las niñas sin escolarizar y el de tantas mujeres jóvenes que trabajan en condiciones muy desfavorables como empleadas domésticas. Y movida siempre por el amor a Dios y a los hermanos, ve en la educación de niñas y jóvenes, en la promoción de la mujer y la apertura a socorrer cualquier necesidad y dolencia, la forma concreta de plasmar, con estilo franciscano, el “Seguimiento de Jesús” en la Vida Religiosa.

Apoyada solo en la fuerza que recibe de Dios, lo que llamamos “el carisma” emprende esta misión, uniéndose a otras dos hermanas exclaustradas en la escuela de Ripoll (1850). Aunque las dificultades son muchas desde el principio, por el ambiente social y por la terrible pobreza de medios en la que siempre se mueve, sus muchas cualidades, su tesón, su confianza en Dios y ese amor sincero y comprometido hasta el sacrificio por los más pobres, la hacen seguir adelante sorteando las dificultades.

Los testimonios de las personas que convivieron con ella, nos la muestran siempre como una mujer centrada en el amor de Dios. Desde ese amor en el que se sentía sostenida y enviada, su personalidad fuerte se expresa en la entrega y cariño a los demás sin excepciones. Siempre con gestos concretos, sencillos y cercanos de comprensión, de escucha, de perdón, de servicio, hasta de ayuda material cuando ellas carecían de todo. Llama la atención a sus primeros biógrafos su equilibrio, serenidad y alegría, sustentadas en la confianza “en la providencia de Dios que no abandona a sus hijas”

Así vivió y ese fue el estilo de vida que alentó y animó en sus hermanas, como madre y fundadora. Pero no solo en ellas ni en las niñas a las que educaba. Su estilo y santidad era contagioso, en unos años en que ser religiosa era “un peligro” y escuchar insultos por la calle al vestir el hábito algo “normal”, ella sonríe y habla con los que se encuentra, los invita a acordarse de Dios, se interesa por sus necesidades.

En los últimos años de su vida se sintió muy unida a Fuencarral, pueblo entonces de Madrid en el que hoy está la parroquia que lleva su nombre, “Parroquia Beata María Ana Mogas”. Nos cuentan que en sus constantes viajes desde el pueblo a Madrid en el tranvía, “conversaba con todas las personas sin distinción de categoría como hermanos que todos somos en Jesucristo, atraía a las masas de tal forma que pequeños y mayores, ricos y pobres, todos la reverenciaban”, su entrega al servicio del pueblo aun en los peores momentos del cólera, en el que atiende a los enfermos en el improvisado hospital de la ermita de San Roque, a riesgo de su propia vida, la granjearon un cariño tal del pueblo que cuando a los pocos años, el 3 de julio de 1886, muere en Fuencarral, donde ella expresamente pidió que la llevaran para sus últimos días, el pueblo exclama: ¡Ha muerto la madre santa!

A su muerte ya son muchas las hermanas que, movidas por la misma vocación y deseo, se le han unido. Con ellas ha empezado la vida de la nueva congregación, la que hoy conocemos como las hermanas Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor. Con espiritualidad franciscana y marcadas por una gran devoción a María, Divina Pastora, la Congregación ha ido aumentando el número de fundaciones, primero en Cataluña, más tarde a partir de Madrid, en todo el territorio español.

Después del Concilio, junto a esta familia de hermanas religiosas van surgiendo laicos que se sienten llamados por Dios a vivir esta misma espiritualidad y carisma de Mª Ana Mogas. Poco a poco se abre paso y se va consolidando. El 16 de abril de 1999 es aprobada por el Papa la Asociación de laicos María Ana Mogas, vinculada a la Congregación. Desde entonces la Asociación ha ido creciendo, ahora son más de trescientos los laicos que han hecho su compromiso como asociados y viven, en fraternidades su fe cristiana con el estilo y carisma de Mª Ana, desde sus familias, trabajos, parroquias y diversas situaciones.

Hoy, siglo y medio después de la Fundación, presentes en once países de tres continentes, las hermanas, en Misión Compartida con los laicos, continuamos la tarea educativa de María Ana Mogas, en cuarenta centros propios y en otras muchas presencias y lugares, donde aun sin escuelas, nuestro estilo de educación se hace presente. Seguimos atendiendo a los enfermos en numerosos centros de salud y hospitales y acompañando el caminar de los más pobres en países del Tercer Mundo, en el medio rural… desde Cáritas y desde LADESOL, en centros de acogida de inmigrantes, residencias de ancianos, hogares de niños y las múltiples necesidades de nuestros hermanos de hoy, siempre integradas en la vida parroquial.

El empuje de su ejemplo y la fuerza del mismo carisma recibido del Señor nos ayudan, a todos a seguir intentando vivir a su estilo como miembros de esta familia franciscana. Familia en la que la oración, la austeridad, la fraternidad y el servicio a los necesitados, estableciendo con ellos unas relaciones cercanas y sencillas, queremos que sigan marcando nuestro estilo de vivir. Y vivir en medio del pueblo, descubriendo y dando respuestas, dentro de lo posible, a sus necesidades, testimoniando alegres y agradecidos por lo que el Señor ha hecho con nosotros.

 

 

 

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